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martes, 25 de marzo de 2014

Un año de Pontificado del Papa Francisco (1 de 7) (Alejandro Sosa Lapida)


Un año de Pontificado, una desoladora realidad
(por Alejandro Sosa Laprida)

He leído este artículo en Tradición digital. Y, aunque es bastante largo, creo que merece la pena su lectura. Como se trata de una tarea ardua, que requiere mucho tiempo, me he permitido incorporarlo poco a poco en este blog, a lo largo de varias entradas, en las categoría "Varios autores" y "El Papa Francisco". En la parte superior se encuentra un enlace a las diferentes partes en las que he dividido este estudio del autor. A veces añado algún comentario entre corchetes. Los subrayados, negritas y cursivas son míos. El nombre del autor es Alejandro Sosa Laprida. Aunque no sea muy conocido (al menos para mí) dice una serie de cosas que considero que nos pueden servir de reflexión. Hace un estudio sobre el primer año de pontificado del papa Francisco, diciendo sólo algunas de las muchísimas cosas que se podrían decir; y todo ello documentado. Comienza expresando un deseo, y es lo bueno que sería tener ahora un apologeta de fuste, y que ojalá la Divina Providencia, en su misericordia infinita, nos enviara uno para esclarecer nuestras aletargadas inteligencias con sus luminosas enseñanzas. Pero, como dice el autor, "a la espera de que ello ocurra, me atrevo a hacer público este modesto artículo, en el que he intentado suplir con un trabajo serio y minucioso mi escasez de talento y compensar una ciencia exigua con el amor incondicional y sin reservas por la verdad ultrajada".

1.- El extraño pontificado del Papa Francisco

Como católico, verme en conciencia obligado a emitir críticas hacia el Papa me resulta sumamente doloroso. Y la verdad es que sería muy feliz si la situación de la Iglesia fuese normal y no encontrase, por consiguiente, ningún motivo para formularlas.

Desafortunadamente, nos hallamos confrontados al hecho incontestable de que Francisco, en apenas un año de pontificado, ha realizado incontables gestos atípicos y ha efectuado un sinnúmero de declaraciones novedosas y por demás preocupantes.

Los hechos en cuestión son tan abundantes que no resulta posible tratarlos todos en el marco, necesariamente restringido, de este artículo. A la vez, no es tarea sencilla limitarse a escoger sólo algunos de ellos, ya que todos son portadores de una carga simbólica que los vuelve inauditos a la mirada del observador atento y sintomático de una situación eclesial sin precedentes en la historia.

Tras ardua reflexión, he retenido aquellos que me parecen ser los mejores indicadores de la tonalidad general que es posible observar en este nuevo pontificado. Esos hechos se agrupan en CINCO TEMAS DIFERENTES: el Islam, el Judaísmo, la laicidad, la homosexualidad y la masonería.

Tras haberlos expuestos en ese orden, intentado hacer ver en qué medida son indicadores de una inquietante anomalía en el ejercicio del Magisterio y de la pastoral eclesiales, expondré de manera más sucinta otra serie de dichos y hechos que permitirán ilustrar aún más, si eso fuera posible, la heterodoxia radical que trasuntan los principios y la praxis bergoglianos. Finalmente, suministraré una serie de enlaces a artículos de prensa en los que el lector podrá verificar la exactitud de los hechos referidos en el cuerpo del artículo.

1. LA CUESTIÓN DEL ISLAM

El 10 de julio de 2013 Francisco envió a los musulmanes de todo el mundo un mensaje de felicitación por el fin del Ramadán. Debemos precisar que se trata de un gesto que jamás se había producido en la Iglesia Católica antes del Concilio Vaticano II. Y debemos añadir que ningún Papa había dirigido semejantes saludos a los mahometanos antes del pontificado de Francisco. La razón es muy sencilla, y por cierto manifiesta para cualquier católico que no haya perdido completamente el sensus fidei: los actos de las otras religiones carecen de valor sobrenatural y, objetivamente considerados, no pueden sino alejar a sus adeptos del único camino de salvación: Nuestro Señor Jesucristo. ¿Cómo no estremecerse de espanto al escuchar a Francisco decir a los adoradores de «Allah» que «estamos llamados a respetar la religión del otro, sus enseñanzas, sus símbolos y sus valores»? Es imposible dejar de comprobar la distancia insalvable que existe entre esta declaración y lo que nos enseñan los Hechos de los Apóstoles y las epístolas de San Pablo… Que se deba respetar a las personas que se encuentran en los falsos cultos, eso cae de su peso y nadie lo discute, pero que se promueva el respeto de falsas creencias que niegan la Santa Trinidad de las Personas Divinas y la Encarnación del Verbo de Dios es algo insostenible desde el punto de vista del Magisterio Eclesiástico y de la Revelación divina.

Sin embargo, es preciso reconocer que, en este punto, no se puede tildar a Francisco de innovador, ya que no hace más que continuar con la línea revolucionaria introducida por el Concilio Vaticano II, el cual pretende, en la declaración Nostra Aetate acerca de la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas (Hinduismo, Budismo, Islam y Judaísmo) que «la Iglesia Católica no rechaza nada de lo que es verdadero y santo (!!!) en esas religiones. Considera con un sincero respeto esas maneras de obrar y de vivir, esas reglas y esas doctrinas (…) Exhorta a sus hijos para que (…) a través del diálogo y la colaboración (!!!) con los adeptos de otras religiones (…) reconozcan, preserven y hagan progresar los valores espirituales, morales y socio-culturales que se encuentran en ellos.» Palabras que provocan estupor, ya que es algo palmariamente absurdo pretender que se deba «colaborar» con gente que trabaja activamente para instaurar creencias, y a menudo costumbres, que son contrarias a las del Evangelio.

¿Cómo no ver en ese «diálogo» tan mentado una profunda desnaturalización de la única actitud evangélica, que es la de anunciar al mundo la Buena Nueva de Jesucristo, quien nos ha dicho sin ambages lo que nos corresponde hacer como discípulos: «Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñadles a observar todo cuanto os he mandado» (Mt. 28, 18-20).

Esta noción de «diálogo» con las demás religiones carece de todo fundamento bíblico, patrístico y magisterial y, de hecho, no es sino una impostura tendiente a desvirtuar el auténtico espíritu misionero, que consiste en anunciar a los hombres la salvación en Jesucristo, y de ninguna manera en un utópico « diálogo » entre interlocutores situados en pie de igualdad, enriqueciéndose recíprocamente y pretendiendo buscar juntos la verdad. Esa pastoral conciliar innovadora fundada en un «diálogo» inscrito en un contexto de «legítimo pluralismo», de «respeto» hacia las religiones falsas y de «colaboración» con los infieles no es más que una pérfida celada tendida por el enemigo del género humano para neutralizar la obra redentora de la Iglesia.

A ese respecto, baste con citar la única situación de auténtico «diálogo» que nos relatan las Escrituras, y lo que es más, justo al comienzo, a fin de estar definitivamente alertados acerca de su carácter intrínsecamente viciado: se trata del «diálogo» al cual se prestó Eva en el jardín del Edén con la serpiente y que habría de desembocar en la caída del género humano (Gn. 3, 1-6). Se podría dar una lista interminable de citas del Nuevo Testamento, de los Santos Padres y del Magisterio de la Iglesia para refutar la patraña según la cual los falsos cultos deben ser objeto de un «respeto sincero» hacia sus «maneras de obrar y de vivir, sus reglas y sus doctrinas» y para probar que, a diferencia de las personas que los profesan y que naturalmente deben ser objeto de nuestro respeto, de nuestra caridad y de nuestra misericordia, pero de ningún modo las falsas doctrinas religiosas merecen «respeto». En dichas religiones no se encuentra ningún elemento de «santidad» y los elementos de verdad que puedan contener están subordinados al servicio del error.

Se debe reconocer que Francisco es perfectamente coherente en su mensaje con lo que el documento conciliar dice acerca de los musulmanes, a saber, que «la Iglesia mira también con estima a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, que ha hablado a los hombres y que procuran someterse con toda su alma a los decretos de Dios». Ahora bien, cualquiera sea la sinceridad de los mahometanos en la creencia y en la práctica de su religión, no por ello es menos falso sostener que «adoran al único Dios», «que ha hablado a los hombres» y que « buscan someterse a los decretos de Dios», por la sencilla razón de que «Allah» no es el Dios verdadero, que Dios no ha hablado a los hombres a través del Corán y que sus decretos no son los del Islam.

Se trata de un lenguaje inédito en la Historia de la Iglesia y que contradice veinte siglos de Magisterio y de pastoral eclesiales. Esa práctica heterodoxa ha conducido a los múltiples encuentros inter-religiosos de Asís, en donde se ha alentado a los miembros de los diferentes cultos idolátricos a rezar a sus «divinidades» para obtener «la paz en el mundo». Falsa paz, naturalmente, puesto que se persigue injuriando al único Señor de la Paz y Redentor del género humano, al igual que a su Iglesia, única Arca de Salvación. Y esta engañosa noción de «diálogo» ha conducido igualmente a los últimos pontífices a mezquitas, sinagogas y templos protestantes en los que, con el gesto y la palabra, ..., no han vacilado en denigrar públicamente a la Iglesia de Dios criticando la actitud « intolerante » de la que la Iglesia habría dado muestras hacia ellos
 en el pasado .

Un ejemplo reciente de esta nueva mentalidad ecuménica malsana, sincretista y relativista, condenada solemnemente por Pío XI en su encíclica Mortalium Animos de 1928 : El 19 de enero de 2014, con motivo de la Jornada mundial de los migrantes y de los refugiados, Francisco se dirigió a un centenar de jóvenes refugiados en una sala de la parroquia del Sagrado Corazón, en Roma, diciéndoles que es necesario compartir la experiencia del sufrimiento, para luego añadir: «que los que son cristianos lo hagan con la Biblia y que los que son musulmanes lo hagan con el Corán (!!!). La fe que vuestros padres os han inculcado os ayudará siempre a avanzar.»

[Tomo de Stat Veritas el siguiente párrafo que habla de esto precisamente. Como acabamos de leer, según el Papa Francisco: “Los que son cristianos, con la Biblia, y los que son musulmanes, con el Corán”.


Resulta, por lo tanto, que según la mirada modernista del ecumenismo conciliar, la falsa religión musulmana y el cristianismo parecen ser más o menos lo mismo, siendo así que el Corán es un libro donde –entre otras cosas- se niega la divinidad de Cristo y se recomienda la persecución al cristianismo. ¿Cómo puede recomendar el Papa Francisco a estos jóvenes musulmanes que sigan leyendo y profundizando el Corán, “la fe de sus padres”? ]


Esta nueva praxis conciliar es lisa y llanamente escandalosa, por un doble motivo: por un lado, mina la fe de los fieles cristianos cuando éstos confronten su Religión con esas falsas religiones, que son valoradas positivamente por sus propios pastores; por otro lado, socava las posibilidades de conversión de los infieles, quienes se ven confortados en sus errores [que ya dejarían de serlo] precisamente por aquellos que deberían ayudarlos a librarse de ellos, anunciándoles la Buena Nueva de la Salvación, recibida por Aquel que dijo [de Sí mismo]: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn. 14, 6).

(Continuará)