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martes, 29 de diciembre de 2015

Discurso de Clausura del Sínodo - y 13 (Análisis crítico)

A continuación los últimos párrafos del Sínodo y un breve comentario acerca de cada uno de ellos:



- En este sentido, el arrepentimiento debido, las obras y los esfuerzos humanos adquieren un sentido más profundo, no como precio de la invendible salvación, realizada por Cristo en la cruz gratuitamente, sino como respuesta a Aquel que nos amó primero y nos salvó con el precio de su sangre inocente, cuando aún estábamos sin fuerzas (cf. Rm 5,6).

Es cierto que nosotros no podemos obtener la salvación por nosotros mismos. Ésta es pura gracia. Sin embargo, la gratuidad de la salvación hay que entenderla siempre sin olvidar que ésta no será posible si nosotros no ponemos de nuestra parte, cada uno en función de lo que haya recibido.

- El primer deber de la Iglesia no es distribuir condenas o anatemas sino proclamar la misericordia de Dios, de llamar a la conversión y de conducir a todos los hombres a la salvación del Señor (cf. Jn 12,44-50). 


A lo largo de la historia de la Iglesia ésta no se ha dedicado a condenar sino a proclamar la necesidad de la conversión para poder así alcanzar la misericordia del Señor y ser salvos. La misericordia de Dios no es un mensaje que haya tenido lugar desde hace unos cincuenta años, a la luz del Concilio Vaticano II: La Iglesia siempre ha practicado la misericordia, tal y como hizo Jesús. El hecho de que algunos sacerdotes, obispos o incluso Papas no hayan actuado así constituye una excepción ... y desde luego nunca ha sido lo propio y específico de la Iglesia que siempre y como tal ha ejercido la misericordia con aquellos que se han arrepentido de sus pecados.

El beato Pablo VI decía con espléndidas palabras: «Podemos pensar que nuestro pecado o alejamiento de Dios enciende en él una llama de amor más intenso, un deseo de devolvernos y reinsertarnos en su plan de salvación [...]. En Cristo, Dios se revela infinitamente bueno [...]. Dios es bueno. Y no sólo en sí mismo; Dios es –digámoslo llorando– bueno con nosotros. Él nos ama, busca, piensa, conoce, inspira y espera. Él será feliz –si puede decirse así–el día en que nosotros queramos regresar y decir: “Señor, en tu bondad, perdóname. He aquí, pues, que nuestro arrepentimiento se convierte en la alegría de Dios»


"Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se arrepiente que por cien justos que no tienen necesidad de conversión" (Lc 15, 7). Esta frase es de Jesús, proclamada por Él en la parábola de la oveja perdida. Y esto siempre ha sido proclamado en la Iglesia, que ha sabido transmitir fielmente su Mensaje. No es algo nuevo ni es invención moderna. Ahí están las palabras de Jesús que han sido pronunciadas con mucha anterioridad a las de Pablo VI. No lo olvidemos. 


 - También san Juan Pablo II dijo que «la Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia [...] y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora». 

Ciertamente la Iglesia es depositaria de la Revelación y es su deber profesar y proclamar la misericordia de Dios. Siempre -insisto- ha sido así. Y es bueno -y necesario- que los diferentes Papas lo hayan recordado ... no como algo que no se practicó en el pasado, lo que sería falso, sino como algo que tiene una perenne actualidad ... y que debe de ser continuamente recordado, para no caer en la tibieza.

- Y el Papa Benedicto XVI decía: «La misericordia es el núcleo central del mensaje evangélico, es el nombre mismo de Dios [...]


Esta frase es poco afortunada, pues en la Biblia se afirma que "Dios es Amor" (1 Jn 4, 8). En todo caso, Amor sería el nombre mismo de Dios, pero la Misericordia es una manifestación de ese Amor ... no es el Amor. En la misericordia se da un mensaje de Amor a las personas para que se arrepientan y salgan de su pecado ... pero tal misericordia no llega a tener su efecto si el pecador no se arrepiente de sus malas acciones: "Yo tampoco te condeno; vete y a partir de ahora no peques más" (Jn 8, 11). Esas fueron las palabras de Jesús a la mujer adúltera. Jesús no justificó el adulterio de la mujer. La perdonó porque vio su arrepentimiento. Y, al mismo tiempo, la exhortó a que no siguiera por ese camino de adulterio, que la separaba de Dios: perfecta conjunción entre la misericordia y la verdad. Esto es lo que vemos en Jesús. Y éste ha sido siempre el mensaje de la Iglesia. Así es como se manifiesta el Amor de Dios. Perdón y arrepentimiento. Cuando se dan ambas cosas es que el Amor de Dios ha tocado el corazón y entonces la reconciliación es posible; y la misericordia, basada en la verdad, se hace realmente eficaz.
 
- Todo lo que la Iglesia dice y realiza, manifiesta la misericordia que Dios tiene para con el hombre. Cuando la Iglesia debe recordar una verdad olvidada, o un bien traicionado, lo hace siempre impulsada por el amor misericordioso, para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10)».


Y si la Iglesia no procediera así estaría faltando a su Misión. No obstante, no debe de ser olvidado -y es necesario recordar- el Mensaje completo de nuestro Maestro y Señor: "Id y haced discípulos a todos los pueblos ... enseñándoles a guardar TODO cuanto Yo os he mandado" (Mt 28,  19. 20). Así, por ejemplo, cuando Jesús paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón y los judíos, rodeándole, le dijeron: "Si Tú eres el Cristo dínoslo claramente", Él les respondió: "Os lo he dicho y no lo creéis; las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de Mí. Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas" (Jn 10, 25-26). La misericordia de Dios para con el hombre no podrá ser llevada a efecto si el hombre rechaza a Dios. Como se ha explicado, en otras ocasiones, Dios no puede obligar al hombre a que lo ame, pues el amor es esencialmente libre.

- En este sentido, y mediante este tiempo de gracia que la Iglesia ha vivido, hablado y discutido sobre la familia, nos sentimos enriquecidos mutuamente; y muchos de nosotros hemos experimentado la acción del Espíritu Santo, que es el verdadero protagonista y artífice del Sínodo. 

"El Espíritu sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu" (Jn 3, 8). Pero no es un Espíritu cualquiera: "El Señor es Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor hay libertad" (2 Cor 3, 17). Cuando san Pablo habla del Señor se refiere a Jesucristo. El Espíritu es el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Jesucristo. Quien se aparta de Jesucristo no posee su Espíritu. Y nadie puede pretender tener su Espíritu, el cual es esencialmente libre. No se puede apresar el Espíritu. De manera que decir que "el Espíritu Santo es el verdadero protagonista y artífice del Sinodo" es una frase con unas pretensiones que van más allá de las prerrogativas que tiene el Santo Padre ... teniendo en cuenta, por supuesto, las conclusiones a las que se ha llegado tras el Sínodo y todo el proceso previo al Sínodo; todo muy discutible. No se puede encerrar al Espíritu en palabras humanas, independientemente de quien las diga ... si esas palabras no son una manifestación evidente del Espíritu de Jesucristo y de su Doctrina. En el caso que nos ocupa no queda tan claro. El clima creado tras el Sínodo es de confusión, por lo que esa frase acerca del protagonismo del Espíritu Santo en el Sínodo es, cuando menos, discutible.

- Para todos nosotros, la palabra «familia» no suena lo mismo que antes del Sínodo, hasta el punto que en ella encontramos la síntesis de su vocación y el significado de todo el camino sinodal.


Desgraciadamente, la familia no ha salido reforzada tras el Sínodo sino todo lo contrario: más facilidad para las separaciones, ignorando la importancia de la fe así como el misterio de la Cruz, que es esencial en el Cristianismo. Muchas dificultades pueden ser superadas si se cultiva la fe entre los esposos y no se pierde de vista la importancia de su participación en la Cruz de Jesucristo: su sufrimiento adquiere así un sentido, cual es el de ser corredentores con Cristo ... pero si se facilitan las separaciones, mediante la agilización de los procesos de nulidad ... ¿dónde queda la Cruz? ¿dónde el verdadero amor, que no entiende de componendas ni se arreda ante los problemas que se sabe que siempre van a surgir entre los esposos?

- Para la Iglesia, en realidad, concluir el Sínodo significa volver verdaderamente a «caminar juntos» para llevar a todas las partes del mundo, a cada Diócesis, a cada comunidad y a cada situación la luz del Evangelio, el abrazo de la Iglesia y el amparo de la misericordia de Dios.


El Sínodo ha recorrido un camino muy tortuoso, que ha durado más de dos años. Su conclusión ha sido, además, muy precipitada. Y los resultados a los que se ha llegado muy problemáticos, provocando confusión entre los fieles cristianos que continúan creyendo en la Tradición de la Iglesia y en su auténtico Magisterio transmisor fiel del Mensaje recibido ... o mejor dicho, entre estos fieles no es confusión lo que se produce sino sufrimiento, al observar cómo la Iglesia se va rigiendo por criterios mundanos y no conforme a los criterios de Cristo.

Durante dos mil años la Iglesia ha proclamado siempre la misericordia de Dios hacia todos los hombres y no se ha dedicado a condenar, como pudiera parecer de alguna de las expresiones de este discurso papal ... eso no le ha impedido el llamar a las cosas por su nombre. Misericordia y Verdad siempre van unidas; nunca, bajo capa de misericordia, debe de acudirse a la mentira: falsa misericordia sería la que así procediera y, por supuesto, no sería conforme con la voluntad de Dios.

Todo el mensaje evangélico respira de esta misericordia de Dios. Esto ha sido siempre así. No es algo nuevo que haya surgido ahora a consecuencia de las teorías modernas. En todos los versículos del Nuevo Testamento descubrimos la Bondad y la Misecordia de Dios:  "Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos dio vida en Cristo" (Ef 2, 4-4), de manera que "donde abundó el pecado sobreabundó la gracia" (Rom 5, 20), puesto que "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tim 2, 4). "Dios no quiere que nadie se pierda sino que todos se conviertan" (2 Pet 3, 9), etc...

Estas verdades forman parte del Tesoro multisecular de la Iglesia y no son ningún invento de ninguna nueva Iglesia ... pero deben de ser entendidas dentro del contexto en el que fueron escritas, pues como dice san Agustín: "Dios ama al pecador ... y odia el pecado". ¿Para qué vino, si no, a este mundo, sino para librarnos del pecado y hacer posible nuestra salvación? ... una salvación en la que nosotros debemos de intervenir. Como tantas veces se ha repetido en este blog es imposible que Dios pueda salvar a aquél que no quiera ser salvado. 

Jesucristo ha hecho la voluntad de su Padre y nos ha amado hasta el extremo de hacerse hombre y de dar su vida por nosotros. No hay una expresión mayor de amor que ésta de dar la vida, como así nos lo hizo saber Jesús ... y así actuó, en obediencia a la voluntad de su Padre, puesto que, como se dice ya en el Antiguo Testamento: "¿Acaso me agrada la muerte del impío -oráculo del Señor Dios- y no que se convierta de sus caminos y viva?" (Ez 18, 23). Y más adelante: "Convertíos, convertíos de vuestros malos caminos. ¿Por qué habéis de morir, casa de Israel" (Ez 33, 11). Las primeras palabras de Jesús, cuando comenzó su predicación fueron éstas: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15)

¿Qué sentido hubiera tenido, si no, la venida de Cristo, que ya estaba anunciada en el Antiguo Testamento? Ciertamente deseaba nuestra salvación, porque -de modo incomprensible- nos amaba y nos ama. Pero este Amor de Dios requiere, de nuestra parte, una respuesta también de amor, sin la cual, tal relación de amor entre Dios y cada uno de nosotros se hace imposible ... e imposible, por lo tanto, nuestra salvación.

No es esto, sin embargo, lo que se desprende del Sínodo, por desgracia; pero es necesario que aquellos que deseen vivir conforme a las enseñanzas de Jesucristo y el sentir de la Iglesia de siempre, actúen conforme a las palabras de san Agustín, quien hizo suyos los sentimientos de Cristo, cuando dijo aquello de que "es preciso odiar el pecado y amar al pecador". Esto es doctrina perenne de la Iglesia ... Ésta es la Tradición de la Iglesia. Y si aparece algo que contradiga estas ideas debe de ser rechazado, tal y como reza el lema de este blog: "Si alguno os anuncia un evangelio diferente del que habéis recibido, ¡sea anatema!" (Gal 1, 9)


José Martí