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lunes, 18 de julio de 2016

Alicia en el país de Amoris Laetitia (Anna M. Silvas) (2 de 3)


LECTURA DEL CAPÍTULO OCHO
  
Y todo esto antes de leer el capítulo ocho. Me he preguntado si la extraordinaria prolijidad de los primeros siete capítulos tenía como objetivo  agotarnos antes de llegar a este capítulo crucial, y cogernos con la guardia bajada

Para mí, TODO EL tenor del capítulo OCHO es problemático, no sólo el n. 304 y la nota 351

En cuanto acabé de leerlo, pensé: claro como la luz que el Papa Francisco quería desde el principio introducir de alguna manera la propuesta Kasper. Aquí está. Kasper ha ganado. 


Todo explica los cortantes comentarios del Papa al final del Sínodo de 2015, cuando censuró a los "fariseos" de mente estrecha, evidentemente refiriéndose a quienes le habían impedido obtener un resultado aún mejor en línea con su agenda. ¿"Fariseos"? ¡Qué lenguaje más inapropiado! Los fariseos eran, de alguna manera, los modernistas del judaísmo, los amos de diez mil matices y, más oportunamente, los que apoyaban con tenacidad la práctica del divorcio y del nuevo matrimonio. Los verdaderos análogos de los fariseos en todo este asunto son Kasper y sus aliados.

Pero continuemos. Las palabras del n. 295 sobre las observaciones de San Juan Pablo II sobre la "ley de la gradualidad" en el n. 34 de "Familiaris Consortio", me parecen sutilmente desleales y corruptoras porque intentan incorporar y corromper a Juan Pablo precisamente en apoyo de una ética de la situación, para oponerse a la cual éste dedicó toda su amorosa inteligencia pastoral y toda su energía. Leamos de nuevo lo que verdaderamente dijo San Juan Pablo sobre la ley de la gradualidad:

"Los esposos... no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. Por ello la llamada 'ley de gradualidad' o camino gradual no puede identificarse con la 'gradualidad de la ley', como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio.

La nota 329 de "Amoris laetitia" presenta también otra corrupción subrepticia. Cita el pasaje n. 51 de "Gaudium et Spes" acerca de la intimidad de la vida conyugal. Pero a través de un juego de prestidigitación sutil lo pone en boca de los divorciados que se han vuelto a casar. Dichas corrupciones indican con seguridad que las referencias y las notas, que en este documento son utilizados como pilares, deben ser adecuadamente verificadas.

En el n. 297 ya vemos la responsabilidad de las "situaciones irregulares" trasladada al discernimiento de los pastores. Paso a paso, sutilmente, las argumentaciones llevan a una agenda precisa. El n. 299 pregunta cómo pueden superarse las "diversas formas de exclusión actualmente practicadas" y el n. 300 introduce la idea de una "conversación con el sacerdote en el fuero interno". ¿No se puede adivinar ya hacia dónde va la argumentación?

Y así llegamos al n. 301, que olvida las precauciones y desciende a la vorágine de las "circunstancias atenuantes". Aquí parece que la "vieja Iglesia vil" ha sido finalmente sustituida por la "nueva Iglesia amable": en el pasado tal vez pensábamos que quienes vivían en "situaciones irregulares" sin arrepentirse estaban en un estado de pecado mortal; ahora, sin embargo, es posible que no estén para nada en un estado de pecado mortal y que de hecho la gracia santificante pueda estar obrando en ellos.

Se explica después, en un exceso de puro subjetivismo, que "un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender 'los valores inherentes a la norma'". He aquí una circunstancia atenuante que supera a todas las otras circunstancias atenuantes. Según esta tesis, ¿exculpamos la envidia originaria de Lucifer porque él tenía "gran dificultad para comprender" el "valor inherente", para él, de la majestad transcendente de Dios? Llegados aquí pienso que hemos perdido cualquier punto de apoyo y que hemos caído, como Alicia, en un universo paralelo, en el que nada es lo que parece ser.

Se introducen como apoyo una serie de citas de Santo Tomás de Aquino sobre las que no estoy cualificada para opinar; sólo puedo decir que, obviamente, sería desde luego oportuno verificarlas y contextualizarlas. El n. 304 es una apología técnicamente elaborada  de la moral casuística, argumentada con términos exclusivamente filosóficos sin ninguna referencia a Cristo o a la fe. No se puede evitar pensar que este pasaje es obra de otra mano. No es el estilo de Francisco, incluso suponiendo que sea su pensamiento.

Por último, llegamos al punto crucial, el n. 305. Empieza con dos mediocres caricaturas que se reiteran en todo el documento. El Papa Francisco repite y reafirma, ahora, la nueva doctrina que había indicado poco antes: una persona puede estar en una situación objetiva de pecado mortal –porque es de esto de lo que él habla– y vivir y crecer en la gracia de Dios, al mismo tiempo que "recibe la ayuda de la Iglesia" que, según declara la tristemente famosa nota 351, puede incluir "en ciertos casos" tanto la confesión como la comunión. Estoy segura de que muchos ya están activamente intentado "interpretar" todo esto según una "hermenéutica de la continuidad" para mostrar su armonía, presumo, con la Tradición. Podría añadir que en este n. 305 el Papa Francisco se cita a sí mismo cuatro veces. De hecho, parece que para el Papa Francisco el punto de referencia citado con más frecuencia en "Amoris laetitia" sea él mismo, lo cual, en sí mismo, es interesante.

En el resto del capítulo el Papa Francisco cambia de rumbo: admite de manera alambicada que su enfoque puede dar "lugar a confusión" (n. 308), a lo que responde con una discusión sobre la "misericordia". Al principio del n. 7 había declarado que "todos se vean muy interpelados por el capítulo octavo". Sí, pero no entendiéndolo con el despreocupado sentido heurístico que él le da. 

El Papa Francisco, ¿ha admitido francamente en el pasado que él es el tipo de persona a la que le gusta armar "jaleo"? Bien, creo que podemos conceder que aquí, ciertamente, ha alcanzado dicho objetivo.

Permítanme que les hable de un amigo mío, un hombre más bien taciturno y prudente, casado, que me dijo antes de que la exhortación apostólica se publicara: "¡Espero realmente que él evite la ambigüedad!". Pues bien, creo que ni la lectura más piadosa de "Amoris laetitia" permite que se diga que ha evitado la ambigüedad

Usando las propias palabras del Papa Francisco encontramos "fenómenos ambiguos" (n. 33) en este documento y, me atrevo a decir, en todo su pontificado. Si se nos pone en la imposible situación de criticar un documento del magisterio ordinario, consideremos si en "Amoris laetitia" no es el propio Papa Francisco quien relativiza la autoridad del magisterio debilitando  el magisterio del Papa Juan Pablo, sobre todo en lo que concierne a "Familiaris Consortio" y "Veritatis Splendor".

Desafío a cualquiera a releer con seriedad la encíclica "Veritatis Splendor", digamos los números 95 a 105, y a no concluir que hay una profunda disonancia entre esa encíclica y esta exhortación apostólica. En mi juventud me angustiaba el enigma: ¿cómo se puede ser obediente al desobediente? Porque también el Papa está llamado a la obediencia; es más, lo está de una manera preeminente.


(Continúa y acaba)